Todavía puedo recordar el preciso momento en el que la, en ese entonces,
senadora de la bancada del partido Unidad Demócrata, Jeanine Añez, amparada por
la sucesión presidencial, asumía la presidencia de Bolivia. Al son de aplausos,
griterío y la posterior entonación del himno nacional, parecía que la Asamblea
Legislativa se había convertido en una cancha de fútbol ¡Y el espectáculo
prometía!
A la fecha, puedo asegurar que el imaginario colectivo -de una adecuada
gestión de gobierno- por parte de la población, sobre el Gobierno de turno, se
ha desvanecido, o al menos se ha opacado de manera circunstancial. Notables
hechos de un mal manejo sobre las instituciones del Estado solo han denotado la
reincidente “filosofía corrupta” que envuelve a los gobernantes que tenemos y
que vamos a elegir menos de dos meses.
Tal vez el recurso en el
que podría ampararse la Presidenta, sería el hecho de concentrar su mandato a la
“pacificación del país”, como dijo textualmente en su discurso cuando asumió la
presidencia el 12 de noviembre de 2019. Si lo miramos desde esa perspectiva, no
habría de que quejarse, pues en ningún momento habló de una trasparente administración
de los bienes del Estado. Sin embargo habría que recordarle a la mandataria
cuál fue el punto más cuestionable del anterior gobierno.
Antonio, ¡bien!
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