Ha transcurrido más de mes y medio desde el re surgimiento de un nuevo tipo de coronavirus clasificado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como COVID-19. Sin duda, los estragos que nos ha generado son de consideración, dado que ha develado uno de los aspectos más vulnerables que poseemos como conjunto: la infodemia. A este virus si hay que temerle y por buenas razones.
El término infodemia se ha refutado y replicado producto
de las declaraciones de la
directora del departamento de Preparación Mundial de la OMS, Sylvie
Briand, para referirse al fenómeno de desinformación, a través de las redes
sociales, tan recurrente en los últimos días, tras el brote de la epidemia. Tal
fenómeno no es algo nuevo y podría no ser intimidante de no ser por el hecho de
que más de un medio de difusión ha caído presa de las potenciales “Fake News”.
No existe mal que
venga solo, esta suerte de hiperdifusión descontrolada de “supuestos” ha
devenido en un problema más profundo aún: la intolerancia. Considerables
muestras de la población han adoptado una actitud hostil hacía sus pares
asiáticos. El clima de rechazo se ha hecho notorio y se ha extrapolado de las
redes sociales hacía la esfera social. El coronavirus al que nos enfrentamos es
tratable y con la adecuada atención se puede curar, pero posee una característica
que lo hace más peligroso y “viral” de lo que nos imaginábamos.

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