Durante la presente jornada,
sábado 20 de junio, Bolivia registró la cifra más alta de contagios por covid-19
en lo que va de la pandemia: 1.036 casos confirmados. La cifra total en el país
asciende a más de 23.512 casos, donde la ciudad de Santa Cruz ostenta el triste
récord de ser la que presenta la mayor cantidad de contagios. La estadística
que indica que los casos diarios por coronavirus, desde ahora, superarán el
millar de contagiados es lamentable; pero más lamentable es el hecho de ver la consecuente
inoperancia de las autoridades de gobierno.
La cuarentena,
como la medida más preponderante que en Bolivia se adoptó para hacerle frente
al virus, que obedeció más a una suerte de reacción en cadena, tras su aplicación
en las primeras regiones que presentaron los contagios por coronavirus (China,
Italia, España), tal vez pudo ser, en su momento, la alternativa más seductora
que se presentó en la cabeza del Gobierno. A la fecha podemos decir que la
misma, no solo no logró gran parte de su cometido: frenar la escalada de
contagios, sino que fue óbice del surgimiento de aún más obstáculos para la
contención de esta pandemia.
El surgimiento de
una nueva amenaza a la economía de las familias, debido al impedimento de salir
a trabajar; la vulneración de varios derechos humanos de las personas, teniendo
como claro ejemplo el dejar varados, sin poder ingresar al país, a cientos de
compatriotas en las fronteras; el completo descuido que sufrió la esfera
académica a la hora de pretender rediseñar un esquema que se adecue a la realidad
de muchos estudiantes; las exageradas, y además desacatadas, sanciones
establecidas para quienes incumplían la cuarentena, son solo unas cuantas de
las muchas contradicciones de las que fue protagonista el Gobierno de turno.
Véase que todo
este recuento de dificultades que se han presentado a nuestras autoridades no
contempla aún el incurrimiento en hechos de corrupción por parte de las mismas.
Y es que éste no es un suceso aislado y apartado de análisis, ya que, en la
medida en la que se fueron suscitando estas faltas contra el Estado, se fueron
perfilando como el principal detonante para develar el desgaste de un gobierno
que agoniza día a día.
Aún sin mencionar
los ejemplos, cada vez más contundentes, de las adversas condiciones sanitarias
en las que se ha pretendido encarar una pandemia como esta, existen cada vez
más elementos para denotar la inoperancia con la que se han desenvuelto las
autoridades gubernamentales, departamentales y municipales. Prueba de ello es
la contradictoria medida de flexibilizar una cuarentena (muy anticipada) durante
uno de los picos más altos de contagio, establecidos por los expertos de la
salubridad.
Lejos de echar por
la borda los intentos de contención de la pandemia impulsados por el Gobierno,
la premisa siempre será la de buscar lo mejor para las personas, o al menos la
mayoría, ya que un beneficio general siempre es utópico. La tarea ahora es
mucho más difícil, tal vez no tanto por la escalada de contagios como por el
nuevo imaginario social de convivencia y desmitificación del virus que va
adoptando cierta parte de la población tras reanudar, en cierto modo, sus
actividades cotidianas.